Para siempre no es suficiente

Mientras de fondo las últimas personas que se habían acercado a la ribera de San Isidro para ver a Pez escapaban del frío y el atardecer un treintañero recomendaba a sus amigos no faltar al último recital de ese supergrupo conocido como El Siempreterno que tendría lugar horas más tarde en Palermo Club. Una chica muy jovencita le preguntó con ingenuidad quienes eran y qué tocaban. Dudó, no supo bien que responderle. Rendido ante la incapacidad descriptiva de los géneros nombró a sus integrantes, su historia y los homenajes que incluían en sus recitales. Su débil argumentación bastó para verlos entusiasmados.

No fueron. Casi una semana después aún siente la culpa por no haberlos convencido. En la puerta uno de esos mal llamados “seguridad” le preguntaba a su compañero con gesto de sorpresa quién tocaba ante la cantidad de gente que se acercaba. Y es que una entrada para ver al Siempreterno es un ticket de excursión a una catarata sensitiva sin gomón ni salvavidas. Desde el movimiento del público buscando acercarse al escenario cuando comienza la música instrumental previa a la salida de los integrantes, pasando por momentos de silencio introspectivo en respuesta a letras cargadas de melancolía que en segundos se interrumpen y contrastan con sudados cuerpos que sostenidos por un crucifijo invisible flotan para arrimarse a sus verdaderos guías espirituales. Esos que cargados de ondas sonoras los convencen que “la soledad no es estar solo”[1].

“Hay que buscar un enemigo que esté a la altura de uno mismo”, tiró Rotman antes de tocar Contra Dios, tema incluido en ese urgente primer disco homónimo editado en 2010. El nihilismo como desafío permanente a las instituciones establecidas, la irreverencia contra las reglas sociales que someten y asfixian es la mitad del cóctel de la banda. El trago se completa con la fragilidad de saberse existencialmente solo, la angustia diaria por el recuerdo de los que ya no están, la culpa por esos que “cuelgan de la soga[2]” desgarrados de tanto amar. Para ellos fue Hacia el mar de carbón del 2012.

No es casualidad que Ian Curtis se haga presente en cada reunión de la banda y su público. Tampoco lo son las palabras de ese otro bocón de Manchester que nos visitará antes de fin de año. “All of the rumors keeping me grounded. I never said, I never said that they were completely unfounded”[3]. Morrissey y Rotman parecen compartir la tensión entre la fascinación y el rechazo por la fe: magullados parecen arrodillarse a pedir perdón para luego con un salto noquear a su juez de un solo golpe al mentón.  Una respuesta rabiosa ante aquellos que solucionan los problemas del mundo con sus dogmas (o una bomba atómica[4]).

Víctima y victimario de uno mismo. Estrella que con su luz da vida pero también enceguece. Ese es el otro lado del juego. Por si no fuera claro, la versión de Hall of Mirrors de Kraftwerk con su mantra “even the greatest stars live their lives in the looking glass”. La gloria que es todo y nada o como escaparle al mundo de los superstars, el caos y el desamor que tanto están presentes en el ¿por ahora? último disco, Para siempre. Todo con la fuerza de ese torbellino que construyeron Fernando Ricciardi en la batería, el Ruso Sánchez en el bajo y Ariel Minimal en la guitarra. Sobre ellos, la voces a coro de Mimi Maura y su enamorado sobre el escenario, Sergio Rotman. Calidez e ira en proporciones intercambiables.

El hombre de los rulos blancos eclécticos recalcaba cada solo de Minimal como el último (al menos hasta que David Bowie escuche su versión de Moonage Daydream). Quizás sea demasiado exigirle al líder de Pez que además de mantener las presentaciones de su banda por todo el país a un ritmo constante, componer, grabar discos y eventualmente darse el gusto de tocar con sus amigos Flopa y Manza esté disponible para cuando el Siempreterno lo necesite. A no olvidar que todas las guitarras del primer disco fueron grabadas en solo una tarde, allá cuando Rotman y Mimi Maura vivían en Puerto Rico y construían el mito de banda de culto presentándose cuando podían darse una vuelta por Buenos Aires para despuntar el vicio. Hoy el Siempreterno puede sentirse orgulloso de tocar una vez por semana durante todo un mes y agotar las entradas (a no perderse los videos del final). El compromiso es otro.

Difícil proyectar el futuro de la banda ante una partida tan resonante. Minimal habla de Rotman como su “hermano mayor en el rock[5]”, el que produjo su primera incursión con Los Minimals y lo llevó a los Cadillacs, un vínculo que seguramente aceitaba ese extraño funcionamiento de los primeros años. Por suerte para esa chica que aún no los conoció en vivo parece difícil mantener callado a Rotman (y sus amigos) por demasiado tiempo.  Oremos: “The happy ones are near. Let’s get together before we get much older”[6].


Foto gentileza de María Paula Villagra, parte de su cobertura para la crónica publicada por Al Borde del Tiempo

[1] Letra de Bebiendo Ansiedad (“El Siempreterno”, 2010)
[2] Así presentó Rotman la versión de Love will tear us apart de Joy Division.
[3] Rotman suele cerrar la versión en vivo de Para siempre no es suficiente con el estribillo de Speedway – (“Vauxhall And I”, 1994)
[4] Parte de la letra de Gimme Gimme Gimme (“Damaged“, 1981) cover de Black Flag que habitualmente toca la banda en vivo.
[5]El rock secreto”, nota de Martín Perez en el suplemento Radar de Página|12.
[6] El Siempreterno acostumbra cerrar sus recitales con una potente versión de Baba O’Riley de The Who (“Who’s Next”, 1971).

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