Cuando sea grande quiero ser

Martín Zariello. Si ya lo dije, lo repito. Es más, si no copio todos y cada uno de sus posteos en Il Corvino es por temor a  ser acusado de plagio.

El tono de mis últimas producciones sobre experiencias cinematográficas fue algo lúgubre, la idea era compensarlo con un comentario efusivo de Super 8 y su aporte al desgastado brillo de la industria hollywoodense pero como últimamente el jugo exprimido de mis neuronas es algo escaso, nada mejor que recomendar lo que nuestro bloguero predilecto dice al respecto:

Entiendo que hay veces que como consumidores culturales no sabemos lo que queremos. O creemos que sabemos pero en realidad fuimos influenciados por cierta inteligentzia que formatea nuestros gustos para hacernos parecer cool ante la gilada. Entonces decimos que nos gustan las canciones sin melodías. Los libros que no se pueden leer. Las películas con tres líneas de diálogo. No digo que los productos artísticos que intentan subvertir los paradigmas estéticos canónicos sean desechables, sino que la repetición de ciertas características formales supuestamente avant-garde genera una fórmula tan repetitiva y monótona como la del cine pochoclero por excelencia. En ese contexto, Super 8 es un Oasis de emociones en el desierto.

(El subrayado es nuestro, al menos así podemos manipular gráficamente un texto de calidad.)

Sobre Submarine, de la cual estuvimos conversando con amigos durante el fin de semana, hablaremos cuando sea vista.

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