Subime la vara que así no paso

Hace tiempo vengo sufriendo algunos cortocircuitos con la crítica cinematográfica y el boca a boca. Antes, en un pasado no demasiado lejano, podía confiar en las recomendaciones de mis analistas predilectos y algunos amigos con derecho a romper el silencio de mis meditaciones trascendentales, pero las últimas experiencias muestran que algo se truncó. Las hipótesis son variadas: es posible que los informantes a los que suelo recurrir estén perdiendo la capacidad para discernir un futuro clásico de una película con vampiros adolescentes sedientos de nubes azucaradas o, quizás, un estándar algo elevado acerca del séptimo arte impida un disfrute mayor de las producciones contemporáneas.

Como asiduo consumidor de cine industrial, tengo que descartar la segunda opción. Tampoco estoy en condiciones de llevar adelante un estudio pormenorizado de los cambios en la crítica cinéfila y sus influencias en los grupos de interés por los que suelo pulular. Aún así, el impulso por compartir el último ejemplo de la desconexión cinematográfico-social en el que me encuentro es, como el amor, más fuerte.

Todo comenzó con la experiencia con Medianoche en París, que dejó un par de sonrisas, bellos planos de la ciudad francesa, algo de melancolía y no mucho más, contra la catarata de elogios que inundan las pantallas, charlas de té con masitas y publicaciones gráficas. Uno días atrás, la tendencia cobró impulso cuando vi en compañía de un amigo El planeta de los simios: (R)evolución, la precuela de la famosa película filmada a fines de la década beatle. Al parecer, después de un bodrio dirigido por Tim Burton (no, no es Big Fish, aunque esta película se conecte por el parecido entre Brian Cox, el corrupto administrador del refugio para primates, y Albert Finney, la versión madura de Ed Bloom) la crítica encontró en Rupert Wyatt a un director que ha sabido ensamblar un nuevo origen dentro de la intrincada red tejida por las producciones anteriores. Podemos concederle ese logro a Wyatt, sobre todo porque mi ignorancia acerca del mundo simio creado previamente es avallasante. También podemos aceptar que la animación de los monitos es consistente (a pesar de los movimientos exageradamente fluidos que fuerzan la ley de gravedad). Fuera las caretas y el maquillaje, bienvenidos al mundo del actor digital. En cuanto a la dirección, cuenta con momentos bien logrados y la capacidad para llevar adelante la historia sin problemas en tramos donde el diálogo es nulo.

Rise of the Planet of the Apes es una buena película. Entretiene, es emotiva. Pero una mascota también y no por eso vamos a considerarla una obra de arte. O si. O el arte está sobrevaluado. O el cine no es arte y no debería ser juzgado bajo esos términos. O esta película no es cine. O las mascotas no tienen nada que hacer en este párrafo. ¡Pero si el problema empieza por tener a un mono como mascota!

Por descarte, el problema parece estar en el guión. James Franco no puede hilvanar una emoción ni aunque le martillen un dedo del pie, es cierto, pero no llega a ser insoportable. En general, las mejores actuaciones se las llevan los peludos primates, que se salvan hasta último momento de reproducir diálogos insípidos, acartonados. Si el Mark Zuckerberg de Aaron Sorkin se hubiera dedicado a la búsqueda de una cura para el Alzheimer mediante la manipulación genética, la película habría sido un hito en la historia del cine. Eso no sucedió, y durante el transcurso de la noche hubo momentos donde mantener el interés en el desarrollo del relato y los personajes se tornó una actividad de esfuerzo considerable.

¿Dónde se origina este conflicto? Otra incógnita a develar. Hoy pondremos a prueba la tendencia con otra película de título perfecto: Cowboys & Aliens. Las expectativas son altas, veremos que sucede…

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